A la puerta del viejo colegio | Historia del vals de Alejandro Szwarcman y Pepe Motta
A la puerta del viejo colegio es un vals con música de Pepe Motta y letra de Alejandro Szwarcman que pertenece a lo más delicado del cancionero rioplatense. El yo poético regresa a la puerta del colegio donde conoció a su amor de juventud, y en ese regreso descubre que el pasado no existe más que como espejismo: la imagen que creía ver es solo una proyección de su propia memoria.
Con una escritura de gran vuelo poético, Szwarcman construye un texto que va de la ilusión a la lucidez con una honestidad emotiva que pocas veces se encuentra en el género. La lluvia final cierra el poema como una sentencia: el tiempo pasó, y no hay forma de volver.
Ficha técnica
- Título: A la puerta del viejo colegio
- Género: Vals rioplatense
- Música: Pepe Motta
- Letra: Alejandro Szwarcman
- Registro: Vals nostálgico / filosófico
Alejandro Szwarcman: poeta del vals porteño
Alejandro Szwarcman fue un letrista argentino de notable sensibilidad lírica, especializado en el vals rioplatense. Su escritura se distingue por la precisión de las imágenes, el manejo del tiempo verbal como recurso emocional y una capacidad poco común para condensar emociones complejas en pocas estrofas. Este vals es una de sus obras más logradas: en tres momentos bien delimitados construye un arco completo que va del deseo de regresar a la aceptación de la pérdida.
Análisis literario: el regreso imposible
La letra se organiza en tres movimientos claramente diferenciados. El primero es la evocación: el yo poético regresa a la puerta del colegio y "ve" a su amor de juventud —el delantal blanco, el cuaderno ceñido al pecho, la mirada que reía. Todo está descrito en tiempo pasado pero con la víveza de lo presente, como si el recuerdo fuera más real que la realidad.
El segundo movimiento es el quiebre: el yo poético se da cuenta de que lo que vio era "sólo un espejismo, sombra de ilusión". La conciencia se impone sobre el deseo. Y con ella llega una verdad que el tango y el vals porteño han dicho de muchas maneras pero pocas veces con tanta precisión: "en la realidad florece la tristeza, y uno se da cuenta que el pasado no regresa". Las preguntas que siguen —"¿dónde está el cuaderno, el beso, aquella timidez?"— no esperan respuesta. Son preguntas retóricas que equivalen a un duelo.
El tercer movimiento es el presente frío y ajeno: empieza la lluvia, se hizo tarde, las caras que lo rodean no lo conocen. El yo poético ya no pertenece a ese lugar. La frase final —"en la calle vacía un dolor"— es un cierre de una sobriedad que amplifica el efecto: no hay descripción del dolor, solo su nombre, dejado en la calle como algo que ya no se puede llevar.
La lluvia como cierre poético
La lluvia en el vals y el tango porteño no es un elemento decorativo: es un personaje. En este vals, la lluvia aparece en el tercer movimiento como señal de que el tiempo real avanza mientras el yo poético estaba suspendido en su ensoñación. "Empieza la lluvia a mojarme" implica que el cuerpo —no solo la mente— vuelve al presente. La lluvia lo devuelve a la realidad física, al frío, a la calle vacía.
Esta función de la lluvia como "despertar" tiene una larga tradición en la poesía rioplatense, desde los modernistas hasta el tango del cuarenta. Szwarcman la usa con precisión y sin exceso.
El vals rioplatense como forma poética
A diferencia del tango, el vals rioplatense tiene una tradición más asociada a la ternura, al primer amor y a la nostalgia dulce. Pero en las mejores piezas del género —y esta es una de ellas— la dulzura da paso a una lucidez que el tango mismo envidiaría. El vals no evita el dolor: lo envuelve en una melodía que lo hace más tolerable sin minimizarlo.




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