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Ave de paso | Historia del tango de Charlo y Enrique Cadícamo

En 1937 Charlo —el gran cantor Carlos José Pérez de la Riestra— fue contratado para cantar varias semanas en el Casino de Urca de Río de Janeiro. Le pidió encarecidamente a Enrique Cadícamo que lo acompañara. En el barco hacia Brasil iba también José Razzano, que Cadícamo había recomendado como representante del cantante. Y en ese mismo trasatlántico viajaban las hermanas Miranda que volvían a Río después de actuar en Buenos Aires — Carmen y Aurora. Charlo vivió un fogoso romance con Carmen durante la travesía.

En Río, Cadícamo conoció a Heriberto Muraro, un pianista argentino radicado allí. Muraro le pidió que le escribiera una letra para musicalizar. Cadícamo tomó la máquina portátil de Charlo y escribió el texto en tiempo récord. Cuando Charlo se acercó y la leyó, arrancó el papel de la máquina y dijo: Ésta es para mí. Escribile otra a Muraro. El asombrado Muraro se quedó sin letra. Ave de paso había nacido.

Charlo: el cantor elegante

Carlos José Pérez de la Riestra nació en Buenos Aires el 28 de agosto de 1906. Se apodó Charlo desde sus comienzos — un nombre que le quedó para siempre. Fue estribillista de las orquestas de Francisco Canaro y Francisco Lomuto, pero siempre se consideró un solista y no fue cantor de orquesta en actuaciones. Era además pianista, guitarrista y acordeonista. Concurría a la casa de Anselmo Aieta para transcribir al papel pautado las ideas musicales del bandoneonista que no sabía escribir música.

Su voz era clara, de perfecta afinación, sin efectismos, con una musicalidad impecable. Horacio Ferrer lo ubicó en la línea de los grandes cantores elegantes del tango. Dejó más de 1.100 grabaciones — superando al propio Gardel en cantidad. Como compositor colaboró con los mejores letristas: Cadícamo, Homero Manzi, Luis César Amadori, José María Contursi, Lito Bayardo y González Castillo. Con Manzi hizo Fueye, Oro y plata y Tu pálida voz. Con Cadícamo, además de Ave de paso, hizo Rondando tu esquina, Viejas alegrías, La barranca y No hay tierra como la mía. Falleció el 25 de enero de 1990.

Enrique Cadícamo: el prócer del tango

Enrique Domingo Cadícamo nació el 15 de julio de 1900 en Luján, provincia de Buenos Aires. Fue poeta, letrista, periodista y novelista — uno de los pilares fundamentales de la historia del tango. Pablo Suero, dramaturgo y crítico, fue el primero en alentarlo en los años veinte a continuar en la poesía popular. Su primer tango, Pompas — luego renombrado con música de Roberto Emilio Goyeneche — fue grabado por Carlos Gardel en 1925 y 1927. En menos de ocho años, Gardel le grabó 23 temas.

Con Juan Carlos Cobián construyó algunas de las obras más importantes del tango: La casita de mis viejos, Shusheta, Nostalgias, Niebla del Riachuelo, Los mareados. Con Troilo hizo Garúa. Su catálogo supera las 200 letras. Cultivó también la composición musical, firmando algunas obras bajo el seudónimo Rosendo Luna — como el tango El cuarteador (1941). Falleció el 3 de noviembre de 1999 en Buenos Aires, a los 99 años. Uno de los pocos hombres del tango que vio el siglo XX completo.

Ficha técnica

  • Título: Ave de paso
  • Género: Tango
  • Música: Charlo (Carlos José Pérez de la Riestra)
  • Letra: Enrique Cadícamo
  • Año de composición: 1936-1937 (compuesto en Río de Janeiro, Casino de Urca)

Grabaciones destacadas

  • Ángel D'Agostino con Ángel Vargas (1945) — primera grabación registrada con orquesta
  • Charlo con acompañamiento orquestal (24/09/1951)
  • Juan D'Arienzo con Jorge Valdés (1962)
  • Charlo (segunda grabación con orquesta, 1967)

Análisis literario

Ave de paso es un tango de despedida que no busca redención ni reproche. El narrador parte — ha llegado el momento querida, de ausentarme quién sabe hasta cuándo — y lo hace con plena conciencia de que su amor fue fugaz por naturaleza, no por traición. Mi cariño fue un ave de paso: la imagen es perfecta porque el ave de paso no abandona el nido por maldad sino porque su naturaleza es el movimiento.

La expresión más notable de la letra es la que define el beso de la amada como un vaso sagrado que no olvidaré. El vaso sagrado — imagen religiosa en un contexto absolutamente profano — eleva la experiencia transitoria al rango de lo eterno. El amor fue de paso, pero el beso fue sagrado. Esa tensión entre lo efímero y lo memorable es el corazón del tango.

El final tiene una vuelta de tuerca compasiva: perdoná mi promesa, morena / olvidá mi locura de amarte / Buenos Aires me obliga a dejarte / y bajo ese cielo con vos soñaré. El que se va pide perdón y culpa a Buenos Aires — no a sí mismo. Es la huida elegante, la que no condena ni se condena. Cadícamo lo escribió en tiempo récord para deshacerse de un compromiso, y quedó para siempre.


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