Bailarín compadrito | Historia del tango de Miguel Bucino
Hay tangos que son autobiográficos sin decirlo. Bailarín compadrito es la historia de un compadrito de Barracas que se viene al centro, pule sus cortes en el Maipú y termina bailando en los cabarets más elegantes de Buenos Aires. Miguel Bucino lo escribió en 1929 recordando su propia historia — la del pibe de San Cristóbal que entró a la orquesta de Canaro con el bandoneón y salió con los pies.
Razzano lo rechazó cuando Bucino se lo llevó para Gardel. Pero Gardel lo escuchó una noche en el camarín del Cine Suipacha y lo grabó en 1929 con guitarras de Aguilar y Barbieri. Al enterarse del rechazo de su ex compañero, blasfemó contra él. Francisco Canaro lo grabó catorce días antes, con la voz de Charlo.
Miguel Bucino: el bailarín que enseñó a príncipes y estrellas de Hollywood
Miguel Bucino nació el 14 de agosto de 1905 en el barrio de San Cristóbal. A los 17 años entró de caradura a la orquesta de Francisco Canaro con un bandoneón que apenas tocaba de oreja. Canaro lo aguantó cuatro o cinco actuaciones y lo despidió. Pero al verlo bailar cambió de parecer: le dijo que para músico le faltaba mucho, pero que para bailarín tenía condiciones. Bucino se trajo una compañera, probaron ante Pirincho y el director le dio el visto bueno.
Debutó como bailarín profesional en 1925 en el Teatro Maipo. Tenía 20 años. A partir de ahí no paró: en 1927 viajó a Brasil con Julio De Caro; en 1928 hizo una gira por el interior con el espectáculo Su Majestad El Tango encabezado por Pedro Maffia y Libertad Lamarque; en 1929 fue el primero en bailar tango en el Teatro Colón, durante los espectáculos de la actriz criolla Orfilia Rico; en 1931 viajó a Europa con la compañía de Luis Bayón Herrera y Manuel Romero.
En sus veinte años como bailarín profesional enseñó a bailar tango a personalidades que incluían a los príncipes Humberto de Saboya y Eduardo de Windsor, y a estrellas de Hollywood como Ramón Novarro, José Mojica, Jorge Negrete y Ann Sheridan. Se retiró de los tablados en 1942. Murió en Buenos Aires el 15 de diciembre de 1973.
Con Gardel se hicieron amigos de hipódromo. Bucino lo acompañaba a las carreras en Palermo y le sacaba los boletos — me tenía para los mandados, como a los chicos, recordó. De esa amistad nació la grabación de Bailarín compadrito y de varios otros tangos que Gardel registró.
El viaje del tango al camarín de Gardel
Bucino tenía 24 años cuando compuso Bailarín compadrito. Lo llevó primero a José Razzano para que lo aprobara y se lo entregara a Gardel — esa era la vía habitual. Razzano lo rechazó. Bucino entonces se lo dio a Mario Pardo, que una noche fue al camarín del Cine Suipacha donde actuaba Gardel. Improvisaron con los guitarristas varias cosas, entre ellas el tango. Gardel se interesó, lo grabó y cuando se enteró del rechazo de Razzano blasfemó contra él.
Francisco Canaro, mientras tanto, también lo grabó — con Charlo, catorce días antes que Gardel. Ese doble respaldo en 1929 convirtió a Bailarín compadrito en un éxito inmediato y en el tango que consagró a Bucino como compositor.
Ficha técnica
- Título: Bailarín compadrito
- Género: Tango
- Música y letra: Miguel Bucino
- Año: 1929
- Primera grabación: Francisco Canaro con Charlo (1929) — catorce días antes que Gardel
- Grabación que lo consagró: Carlos Gardel con guitarras de Aguilar y Barbieri (1929)
Grabaciones destacadas
- Francisco Canaro con Charlo (1929) — primera grabación
- Carlos Gardel con guitarras de Aguilar y Barbieri (1929)
- Alfredo De Angelis con Oscar Larroca (1953)
- Ricardo Tanturi con Alberto Castillo (1943)
- Juan D'Arienzo con Laborde (14/12/1973)
Análisis literario
Bailarín compadrito es un retrato en movimiento. La letra dibuja a un hombre que recorrió el camino clásico del tango: del bailongo orillero al cabaret de lujo, de las alpargatas al frac. El compadrito de Barracas que aprendió los cortes en los bailes del suburbio es el mismo caballero elegante que ahora luce su estampa en el salón más fino de la ciudad.
La imagen central es la de La Cumparsita como testigo de ese viaje. El mismo tango bailado de lengue y sin un mango en el bailongo del sur es el que ahora baila hecho un bacán en el cabaret. La música no cambió — cambió el hombre que la baila y el mundo que lo rodea. Esa permanencia del tango como espejo de todas las situaciones es uno de los temas más profundos del género, y Bucino lo captura en dos versos.
La moraleja final tiene una vuelta de tuerca inesperada: el bacán exitoso está un poco cansado y un poco triste. Algo daría por ser aunque sea un ratito el mismo compadrito del tiempo que se fue. La nostalgia del origen — el que llegó lejos y extraña de donde vino — es uno de los sentimientos más porteños que existen.
Contexto histórico
1929 fue un año clave para el tango. El género había terminado de conquistar los salones que antes le estaban vedados — los cabarets del centro, el Teatro Colón, los hoteles de lujo. Ese ascenso social era exactamente el tema de Bailarín compadrito: el tango yendo del arrabal al cabaret, llevando consigo al compadrito que lo bailó desde siempre.
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