Bajo Belgrano | Historia del tango de Anselmo Aieta y Francisco García Jiménez
Hay tangos que son una fotografía de un lugar que ya no existe. Bajo Belgrano retrata esa zona porteña al norte de la ciudad donde a principios del siglo XX había studs de caballos de carrera, peones que hablaban a sus pingos en voz baja, y los gritos de los canillitas vendiendo programas de carreras. Hoy ese paisaje es el barrio River — paqueto, ordenado, residencial — pero el tango de Francisco García Jiménez con música de Anselmo Aieta lo conservó para siempre.
Fue estrenado en 1926 y grabado ese mismo año por Carlos Gardel para el sello Odeón. La letra obtuvo el tercer premio en el concurso de la Casa Max Glucksmann de 1923, antes incluso de ser musicada.
Anselmo Aieta: el brujo del bandoneón
Anselmo Alfredo Aieta nació el 5 de noviembre de 1896 en el barrio de San Telmo, penúltimo de once hijos de inmigrantes calabreses. Lustró zapatos, trabajó de mandadero y en una fábrica de cigarrillos — con los ahorros de ese trabajo compró su primer bandoneón. A los 10 años ya tocaba la concertina de su hermano mayor. Los bandoneonistas anónimos que sonaban en los cafés del barrio eran su mundo.
Comenzó su carrera profesional en 1913 en el café La Buseca de Avellaneda, en un trío con Agustín Bardi al piano. Admiró y tocó con Eduardo Arolas, su ídolo. En 1919 ingresó a la orquesta de Francisco Canaro donde permaneció cinco años, completando su formación. Al separarse formó su propia agrupación y su éxito fue tan grande que llegó a dirigir tres orquestas simultáneamente — en los cafés El Nacional, Germinal y Guarany de la calle Corrientes — mientras una columna de fanáticos se disputaba el privilegio de cargarle el fueye entre local y local.
Lo llamaban el brujo del bandoneón. Aníbal Troilo lo llamaba cariñosamente Papi. Era un músico autodidacta de talento prodigioso que componía con asombrosa facilidad — él mismo lo describió con una frase que se volvió célebre: me levanto todos los días a las 7 de la mañana y, a las 8, ya estoy sacando alguna cosa en el bandoneón. Como no sabía escribir música, amigos como Charlo iban a su casa de San Telmo a transcribir sus composiciones al pentagrama. A una de esas piezas la llamó Pavadita — cuando le insistieron en que la anotara antes de olvidarla respondió: dejá, ¿qué me voy a olvidar si es una pavada?
Gardel le grabó dieciséis composiciones. Creó más de trescientos tangos, valses y milongas. Murió el 25 de septiembre de 1964 al lado de su bandoneón, que hizo traer a la pieza de la clínica donde expiró.
La dupla Aieta-García Jiménez
El encuentro entre Aieta y Francisco García Jiménez ocurrió en una milonga para hombres que se realizaba los jueves en el Orfeón Español de la calle Piedras. Aieta tocaba; García Jiménez escribía. El poeta le presentó una condición para colaborar: que las letras fueran dictadas por las sugestiones de la melodía, íntimamente ceñidas a la respiración del ritmo tanguero. Aieta estaba convencido de que muchas obras valiosas no perduran porque carecen de la trama cantable que las fija en la memoria del público.
De esa alianza nació una de las duplas más fecundas de la historia del tango — comparable a la de Cobián con Cadícamo, o la de Sebastián Piana con Homero Manzi. El primer resultado fue El huérfano (1921), compuesto por Aieta tras la muerte de su madre. Los siguientes fueron Príncipe, La mentirosa, Suerte loca, Siga el corso, Bajo Belgrano, Tus besos fueron míos, Carnaval, Alma en pena, Palomita blanca y una lista que se extiende por décadas.
El barrio: studs, pingos y la cancha de Palermo
Bajo Belgrano era una zona al norte de la ciudad, cercana al Hipódromo de Palermo, donde a principios del siglo XX convivían los studs — los establos donde se entrenaban los caballos de carrera — con las casas humildes del arrabal. Era un mundo particular: los domingos la cancha se llenaba de aficionados de los veinte barrios de la ciudad, los peones hablaban a sus pingos con la ternura de quien le habla a un amigo, los canillitas pregonaban los programas de carreras desde mitad de semana.
García Jiménez, que no era aficionado a las carreras, retrató ese mundo con la precisión del periodista y la sensibilidad del poeta. Como señaló José Gobello, la letra tiene algo de pedestre — es decir, cotidiana, cercana a la tierra — y eso es exactamente lo que la hace vívida. No es una letra que aspire al Parnaso sino a pintar una escena que existió y que el progreso borró.
Ficha técnica
- Título: Bajo Belgrano
- Género: Tango
- Música: Anselmo Aieta
- Letra: Francisco García Jiménez
- Año: 1926 (letra premiada en concurso Max Glucksmann 1923)
- Primera grabación: Carlos Gardel, 1926, sello Odeón
Grabaciones destacadas
- Carlos Gardel (1926, sello Odeón) — primera grabación
- Alfredo De Angelis con Julio Martel — versión considerada de las más logradas
Análisis literario
Bajo Belgrano es un tango de barrio en el sentido más literal y más noble: habla de un lugar concreto, con nombres propios, con imágenes precisas. García Jiménez pinta una acuarela del arrabal del norte porteño con la misma técnica que usó en Barrio pobre — el detalle que concentra una atmósfera completa.
El verso más recordado es el del peoncito que le habla al pingo: sacame 'e pobre, pingo querido / ¡no te me manques p'al Nacional!. Es una escena de una ternura y una autenticidad sorprendentes: el hombre que ha apostado lo que no tiene y le pide al caballo que lo salve. No hay juicio moral — hay comprensión de una pasión humana que trasciende clases y épocas.
La brisa pampa que trae silbido, canción y risa desde los patios de los studs establece el tono del tango: es alegre, es diurno, es de domingo. Lejos del tango nocturno y melancólico, Bajo Belgrano es un tango de sol y de esperanza — la de los jugadores que sueñan con cazar fortunas, la del peoncito que habla al crack.
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